
Zabriskie Point (1970): “Me llamo Carl Marx.”
Cuando renté esta cinta, en los remotos días de mi pubertad, el dueño del videoclub, -quien por cierto solía trabajar con mi papá en la planta de fluorita en Samalayuca-, me advirtió que no anduviera viendo esas cosas, porque eran para los “revoltosos.” Me imagino que estaría jugando, ya que a veces daba la impresión de que la selección del changarro consistía sólo en ese tipo de cintas. No sé si fuera porque el dependiente me predispuso de esa manera, -que todavía no entiendo que a la gente se le debe seguir la corriente-, mas después de tantos años esta cinta ejerce una inexplicable fascinación en mí, aun como la primera vez: Tanto, que he visto algunas otras obras de este célebre autor, como El Pasajero (con Jack Nicholson), que, especialmente en el caso de esa, no lograron superar, en mi irrelevante opinión, los logros de la que nos atañe hoy, a pesar de ser más difundidas y apreciadas. Los que crean que por fin me decidí a reseñar algo disponible en el mercado, pues cámbienle de canal, por que la copia que conseguí es considerablemente extranjera, y no me vayan a regañar sus papás, ni sus novias u esposas a acusar de sonsacador: les repito, esto es sólo para los revoltosos. Los que todavía puedan regenerarse, sigan usando su servicio de Internet para ver pornografía, o bajar obras registradas clandestinamente.

Nuestra cinta cuenta la historia de una pareja de jóvenes cuyos caminos se cruzan en medio del desierto. Él (Mark Frechette) es uno de esos “fósiles” universitarios, involucrado con un grupo radical que ha orquestado una manifestación en el campus, la cuál se torna violenta. Entonces roba una avioneta, sin decidirse entre huir del probable castigo, seguir causándole estragos al “sistema,” o sólo pasear por los aires. Ella (Daria Halprin) trabaja temporalmente como secretaria para una empresa inmobiliaria, y va en camino a California para encontrarse con su jefe (Rod Taylor), quien planea urbanizar una amplia extensión del desierto, perturbando con ello su intrínseca belleza. El lugar que da título a nuestra cinta constituye el punto de reunión en donde los amantes viven brevemente su romance, que sin embargo cambiará las perspectivas que cada quién tiene del mundo una vez que sus caminos se separen: Alguna vez por ahí cruzaba un ancho río, que al secarse dejó un enorme espacio vacío donde parece no transcurrir el tiempo, y en donde los visitantes experimentan la eternidad y la inmensidad del universo, dándose así oportunidad de compararlas con la nimia condición humana.

Nuestra película podría parecer demasiado idealista en la actualidad, sobre todo cuando el espectador cae en la cuenta de que las causas de la inconformidad de los protagonistas son las mismas que hoy en día experimenta la juventud: Lo absurdo que resulta la guerra bajo cualquier circunstancia, el abuso de autoridad y las violaciones al derecho de expresarse, del que frecuentemente son víctimas quienes están en esta etapa de la vida, el ansia de una libertad en la que se puedan gozar plenamente el sexo, la contemplación y, en sí, tener una auténtica comunión con la naturaleza, -con la cuál los intereses de unos cuantos están acabando rápidamente-, el deseo de formarse una identidad genuina y evadirse de la estricta esquematización de roles que marca la tradición, de darse un “gallito” sin molestar a nadie y viceversa, etcétera. Sin embargo, al reflejar los usos y costumbres de una generación en la que estos deseos se manifestaron colectivamente, de una manera más generalizada y franca, en un momento histórico decisivo y sin precedentes, nuestra cinta ha venido a convertirse en un estudio sobre lo que es ser parte de una juventud que despierta ante los errores de sus predecesores y se rebela con justa razón contra las circunstancias que no eligieron. Ésta es pues una auténtica película dirigida, como dicen por ahí, a los “chavos,” aunque los que las clasifican no se atrevan a admitirlo nunca.

Antonioni logra plasmar la esencia de ser joven no sólo en la teoría, sino, por ejemplo, en las imágenes del desierto californiano (estado en alguna de cuyas ciudades tuviera cede la célula norteamericana del estilo de vida “hippie,” -no confundírsle con “moda”-), focalizándose, como ya he dicho, en su inmensidad ante la pequeñez del individuo, aun cuando nuestros protagonistas crucen su vasto cielo o sus solitarias carreteras en vehículos motorizados. Ahí parecen no alcanzarlos las convenciones sociales ni la arbitrariedad de las autoridades al hacer de su encuentro sexual un verdadero acto de comunión, de comunicación no verbal, de amor incondicional no sólo del uno hacia el otro, sino con todo aquello que les rodea. Este escenario tiene un fuerte contraste con aquel retablo de la vida adulta, totalmente artificial, en donde los muñecos de la maqueta del complejo “ultramoderno” en el que ese paraíso se convertirá a futuro, parecen ser guiados por la voz pregrabada de un locutor, quien indica con meticulosidad su razón de ser, como para que, a través de la campaña televisiva donde se les mostrará, se logre el mismo efecto incondicional en la audiencia. Asimismo, los diversos anuncios publicitarios que saturan las calles de la ciudad, sirven como para dar énfasis al momento del "breve idilio," tan crucial para la película como para todos los que anhelamos experimentar ese acto en medio de la paz y la intimidad que el desierto, tan hueco y abierto sin embargo, puede brindarnos en comparación con cualquier rincón entre el hacinamiento de la gran ciudad, por más cerrado que esté.

Además de la genial cinematografía, que confiere participación activa no sólo al entorno geográfico sino circunstancial, juegan en el efecto que tan bien logra nuestra cinta un decisivo papel sus dos protagónicos, auténticos miembros de una comuna y, en al menos el triste caso de Frechette, presumibles víctimas fatales de las contradicciones del “sistema” (ya que las circunstancias de su muerte, mientras purgaba una condena por asalto a mano armada, dejan muchos cabos sueltos). La música refleja también las tendencias de la época en una forma genuina. Se incluyen en la banda sonora original los trabajos de Pink Floyd, a veces inspirados en la vertiente “concreta,” y otras desgarradoramente pasionales en su esencia rockera. Asimismo, podemos apreciar algunos fragmentos de piezas ya conocidas e improvisaciones tanto de Jerry García como de su influyente conjunto, los “Grateful Dead” (verdaderos portavoces de la onda psicodélica), entre otras que nos ilustran de la situación estética del momento, incluso en un contexto tan casual, como cuando nos encontramos manejando en carretera y queremos matar el tedio simplemente. Y ya para despedirme con ésta, se las recomiendo por ser una película de belleza sin parangón dentro de la obra de Antonioni, que tal vez no haya en estos tiempos mucha oportunidad de disfrutar por representar un potencial “peligro,” y plantear tan coherentemente, como pocos somos capaces, las causas que llevan a toda una generación a la inconformidad, especialmente en estos tiempos que corren, en los que las ilusiones y espejismos que se forjan en las altas cúpulas parecen tan evidentes.



2 comentarios:
Veremos si la encuentro en Amazon. Qué tiempos aquellos los de Antonioni. No sé de qué se quejaban aquellos chavos, menos mal que los de hoy tienen más canales de TV y Los Simpson. Porque vamos, la guerra y la represión sexual son lo más normal del mundo. Y en cuanto al abuso de poder y la inutilidad de la libertad de expresión, ¿quién ha visto nunca otra cosa? Es verdad que eran unos revoltosos... Como usted, don Melón, como usted.
Un saludote.
Pues como decía Jeanette: "soy rhebellde porh que el moundo me heizo ansí," a pesar de que he intendado pero no se me quita la maña con nada! Y pues la copia está a un precio más o menos razonable en Amazon, en edición rusa, pero pues como no tiene candado, aquí te hago una copia en la casa cuando gustes.
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