martes, enero 06, 2009

The Most Important Thing is To Love (1975), de Andrzej Zulawski.

L’Important c'est d'aimer (1975): “Fuérzate a mirar aquello que te asquea” o “el que ama no puede pensar, todo lo da, todo lo da…”


Pues como no les puedo dar la rosca en este especial Día de Reyes que hoy se celebra ni en ningún otro, que es nomás para mí y soy muy creyente de eso que dicen de que los martes ni te cases ni te embarques, pues ahí les va para que se entretengan al menos. ¡Y tampoco intenten dármela, que siempre me toca el condenado mono!

El Señor del Pesto, nos sugiere nuevamente, ya que por mi parte creo que he perdido toda volición de buscar qué ver por mí mismo, otra cinta que, inmediatamente, ha pasado a convertirse en una de mis favoritas, tanto por razones personales como por su calidad y originalidad. Su autor, Andrzej Zulawski, ha tenido hasta el momento una suerte comparable, si no peor, a la de Orson Welles con su carrera. A pesar de la indiscutible contundencia y aporte de su legado, se le identifica a veces más como una celebridad que como el genial director de cine que es. Esto se debe, entre otras cosas, a que gran parte de sus proyectos se vieron censurados o frustrados de plano, y a su fama de “descubrir” y “rescatar” guapas actrices, relacionándose a veces con ellas de forma más íntima. Ya había yo comprado alguna vez un disco que contenía una obra de nuestro autor llamada La Posesión, que no supe apreciar en la justa medida por tener en la carátula opuesta Shock, de Mario Bava, la cuál acaparó toda mi atención. En esta segunda oportunidad que nuestro amigo me insta a darle, Zulawski recluta en el rol protagónico a Fabio Testi, habitual héroe de acción a quien recientemente vimos como el “aborrecible” villano en Torrente 3: El Protector. La contraparte femenina le toca a Romy Schneider, una célebre actriz alemana que apenas descubro, y cuya fisionomía, para mi gusto, recuerda un poco a los dibujos de José Luis Cuevas. La intérprete, ya fallecida desgraciadamente, consideraba éste su mejor trabajo, lo cuál, a pesar de que desconozco el resto de su repertorio, no me extraña. Entre otros buenos intérpretes, aparece aquí esporádicamente Klaus Kinski, lo cuál me sorprende gratamente, ya que por las cuatro esquinas se le conoce, con excepción de lo que hizo bajo la batuta de Werner Herzog, por un deplorable (e inmerecido, a juzgar por sus ejemplares aptitudes) historial profesional, más allá de toda basura.


Zulawski luce aquí el estilo habitual que lo caracteriza, el cuál, entre otros factores, consta de vertiginosos movimientos de cámara, -sobre todo alrededor de los actores, como si fueran “tótems”-. Estos se efectúan generalmente al interior de claustrofóbicos espacios (angostos pasillos casi siempre). Pareciera obligar a sus actores a alcanzar un delirante frenesí, haciéndolos reaccionar de una forma explosiva e ilógica en situaciones que la mayoría de la gente manejaría con más tranquilidad (por lo cuál se les ha acusado siempre de “sobreactuar” en sus obras). Para nuestra sorpresa, a juzgar por lo que su “ruidoso” y “psicótico” método nos lleva a esperar, Zulawski se plantea en esta instancia analizar el verdadero significado del amor, llegando a la conclusión de que éste y el arte nos redimen, a través del sacrificio y la renunciación, de las ataduras que nos esclavizan al mundo material, sobre todo las deudas y los vicios. Pareciera ésta la empalagosa moraleja de una historia “romántica,” o de una fábula de escuelita dominical, pero si analizamos detalladamente el entorno y los personajes que nuestro artífice elige para llegar a ella, nos encontramos, posiblemente, ante su testamento cinematográfico; una síntesis visual de su propuesta estética. Estamos cuando menos ante una reflexión sobre el medio como oficio, incluyendo las diferentes especialidades que involucra, puesto en paralelo con otras actividades humanas donde aplica con los mismos resultados.



Testi interpreta a un talentoso fotógrafo, que sin embargo luce lo mercenario hasta en la chaqueta. Un buen día nuestro personaje entra a uno de los sets de pornografía barata en los que acostumbra trabajar. Se filma ahí, entre los furibundos gritos de una directora que no sabe cómo hacer reaccionar a su actriz, una escena en la que ésta debe copular con un moribundo y decirle apasionadamente que lo ama. Los sobrehumanos esfuerzos que se invierten en conseguirla hacer dar lo mejor de sí misma son insuficientes para que pronuncie la oración convincentemente siquiera un poquito. La actriz, con una expresión natural de profundo fastidio, dolor y agotamiento, sorprende a nuestro héroe tomándole fotos y le pide entre sollozos que deje de hacerlo. El fotógrafo logra escapar con esfuerzos de los gorilas que resguardan el set, -quienes advierten su presencia enseguida-, no sin llevarse algunas tiernas “caricias” en aras de no entregarles su material. Inmediatamente después se pone manos a la obra en su siguiente asignatura, cuya naturaleza no difiere mucho de la anterior. Sin embargo, no puede dejar de exhalar profundos suspiros al recordar los hermosos pero desgarradoramente tristes ojos de la actricita en el set anterior, brillando desde unas abismales ojeras entre el rimel que empapaba su nacarado rostro revuelto con amargas lágrimas. Rápidamente se arma de valor, urdiendo cualquier excusa para visitarla al día siguiente, a pesar de la mala primera impresión que posiblemente le causó. Encontrándose para su desilusión con que tiene el peor defecto del que una dama es capaz (un esposo), le pide, a raíz de que supuestamente vendió muy caras las fotos del día anterior, que pose nuevamente para él. La actriz sospecha, no sin cierta razón, que el verdadero motivo de su visita es otro, y lo cita nuevamente, pero en privado. Suponiendo que lo que nuestro protagonista quiere realmente es llevársela a la feria de San Marcos, le pide que de una vez satisfaga sus deseos y se de por bien servido. Él se niega rotundamente, argumentando que ella “tiene potencial para lucir mucho mejor” que en la sesión anterior, y que lo que realmente quiere para sí es “hacer un trabajo digno de aparecer en una revista prestigiosa” para poder salir del sórdido mundo donde se desenvuelve, y, de pasada, “sacarla a ella de pobre” (como solemos decir nosotros los hombres para lavarle el coco a las damas).


Siempre absorto en sus fotografías preferidas de las tantas que le tomó a su chata, y entre hondas inhalaciones de sentimiento ranchero, nuestro fiel enamorado urde entonces un intrincado plan para “ayudarla.” Su primer paso es conseguirle el rol estelar en una representación teatral de Ricardo III, que un “prestigioso” conocido suyo (y no precisamente de esos que nunca abrirían tu refri) planea montar próximamente. El único e irrelevante detalle que falta para que dicha obra despegue es nomás el financiamiento. Como ya seguramente adivinaron, nuestro espléndido enamorado insta inmediatamente a los involucrados a calmarse, ya que en su enajenante condición para él eso es lo de menos. Les ofrece sortear dicha minucia, -arriesgándose incluso a pedirle prestado al mafioso negrero para el cuál trabaja la mayoría del tiempo-, siempre y cuando su prenda amada nunca sepa lo que ha hecho por ella. La representación, tal como las películas de Zulawski, resulta demasiado pretenciosa y ruidajienta para el gusto popular, lo cuál deviene en su rotundo fracaso. Como es lógico, eso tiene sin el menor cuidado a nuestro fotógrafo, quien, ahora que su chata está de vuelta en su verdadera profesión, se la vive brincando en nubes de terciopelo. No obstante el marido empieza a notar las progresivas licencias y confianzas que ha dado ella en tener hacia el fotógrafo desde entonces. Se huele, con creciente inquietud y no sin cierta razón, algo más entre ellos que una simple "cordialidad." Intuyendo, por la deficiencia de amor propio de la que ya de antemano sufría que su mujer sigue con él sólo por lástima y compromiso, decide dejarles el camino libre para "que vivan su romance en paz," cometiendo una atroz barbaridad. Una vez que el daño ya no tiene remedio, ocurre también lo peor para nuestro humilde fotógrafo. Su amada, en un intento por desplazar su espantoso sentimiento de culpa, le da la fatal puñalada final al decirle que “ya nada es posible” entre ellos. Sin ilusión ni motivo a qué asirse en la vida, nuestro galán decide, como después de todo siempre había deseado, cortar de raíz sus vínculos con los bajos fondos donde siempre se había revolcado. Sin embargo, al intentar hacerlo así nomás, en seco y a la brava, se olvida no sólo de su cuantiosa deuda con el patrón, sino la que su padre ha cargado a su cuenta y le ha dejado como inolvidable recuerdo antes de partir –y no al otro mundo, sino a echarse una canita al aire, que como dice la canción, “el joven viejo no es… tonto-.” Sobran las palabras para describir la reacción de su acreedor ante su intempestiva decisión. Sin embargo, tirado sobre un enorme charco de sus propias inmundicias en el piso mugriento, convencido de que no se puede caer más bajo en la vida, ocurre lo que se podría describir como un inesperado portento o milagro. Nuevamente, nos encontramos al principio de nuestra película, ante la misma escena que Testi pretendía fotografiar clandestinamente. La única diferencia es que la obra está completa, y la línea que el guión prescribía que la actriz recitara, -que es, de paso, también lo que el personaje de Testi había anhelado oírle decir desde que la conoció-, sale impecablemente, con gran honestidad y énfasis emocional.


A muchos podrán parecerles debatibles mis impresiones, ya que nuestra obra de hoy nos es del todo una ocurrencia de Zulawski, sino que se basa en la novela La Noche Americana, de Christpher Frank, quien se da también a la tarea de adaptarla a la pantalla grande. Sin embargo, a juzgar por las dificultades que Zulawski ha tenido a lo largo de su carrera, da la impresión de ser un artífice reacio e intransigente si de ceder alguna concesión se trata. Por lo tanto, me parece que fue suya la elección e iniciativa de llevar a cabo este proyecto; función que, a mi juicio, también es de naturaleza creativa. Además, son notables las similitudes entre algunos de los eventos claves de su carrera, e incluso su vida personal, con los que acaecen a los personajes de esta obra. También parece haber una correspondencia entre sus respectivas ocupaciones con los diferentes componentes técnicos que implica la realización cinematográfica. Como ya lo mencionábamos, nuestro artífice siempre procuró estrechar fuertes relaciones con sus actrices, muchas veces más allá del ámbito profesional, focalizándose en ellas a veces sobre otros miembros del reparto. Él mismo aseguraba que la actuación era, más que nada, un oficio femenino. No es de extrañarnos entonces que el fotógrafo, empeñado en capturar algo muy esencial en el objeto de su lente y de sus anhelos, sea un reflejo de quien, tras bambalinas, pretende darle forma coherente a la obra. Parapetado de esa suerte tras de la parafernalia técnica, éste personaje trabaja en pos de un resultado concreto, que consiste en esa pequeña pero significativa oración que es, sin embargo, tan difícil hacer pronunciar de la forma que él busca no sólo a quienes le ayudan a lograr su objetivo, o al público, sino a cualquier persona. Siendo su verdadero propósito de orden tan espiritual y platónico, no consiste el fin tanto en adueñarnos de la voluntad de otra persona a favor de nuestro ego, sino en hallar nuestra propia redención a través de lo que la conciencia, en un ejercicio riguroso, nos dicta como justo y sublime. De esto se puede deducir que para Zulawski, el fin de la obra no sólo consiste en satisfacer las expectativas de un público o canon artístico determinado, sino en una práctica que nos permite evolucionar como seres humanos por medio del descubrimiento de la verdad , a través de una poderosa catársis.


Resulta a su vez un reflejo del afán comercial, materialista, y a veces propagandístico de quienes financian un proyecto cinematográfico, el sórdido mundo de la pornografía del que este personaje no encuentra salida. En la mayoría de los casos, aportar los recursos materiales, da a quien lo hace la facultad de contaminar la visión artística con diametralmente opuestas consideraciones. Mientras el artista concibe a su obra como un medio para iluminar la condición humana a través de una nueva perspectiva, el prestamista lo ve como un simple producto que, sobre todas las cosas, debe generar un mercado y las mayores ganancias posibles. Tal vez, como en el caso de la Polonia en la que a Zulawski le tocó iniciar su carrera, quien auspicia un proyecto, lo considera más que nada como la instancia para adoctrinar y, a través del espectáculo y el entretenimiento, mantener distraídas a las masas en la admiración de las virtudes del sistema político en turno. Se desarrolla entre el protagonista y su patrón una relación de interdependencia similar a la que cualquier artífice lleva con quienes aportan el capital para que materialice sus proyectos. En este caso, se podría decir que la intervención del acreedor fue mínima, mas el precio de ello consistió en cederle completamente, sin plena conciencia de ello, su libertad no sólo de crear, sino la más elemental, como si hubiera vendido su alma al diablo. Lo factible de esta posibilidad que planteamos se apoya en el hecho de que nuestro autor vio censuradas por generaciones enteras algunas de las obras en las que mayor esfuerzo invirtió, o truncadas y destruidas más allá de toda reparación. Tal es el caso de su Diabel, o Sobre el Globo Plateado; ésta última, basada en la trilogía de ciencia ficción de su célebre tío abuelo Jerzy, se terminó a partir de dispersos fragmentos en 1987, después de que, una década atrás, el gobierno de su país interrumpiera con lujo de brutalidad la producción, destruyendo vestuario y decoración, y confiscando el material filmado en aras de una simple sospecha. En ese momento, tres cuartas partes de ésta se habían concluido.


Pues sí, el resultado final, desarrollado a partir de una historia de amor de lo más convencional en su premisa básica, se antoja demasiado moralizante. Sin embargo, hay también una reflexión sobre el método y el planteamiento con el que la aborda en el hecho de que se proponga trascender la simple pornografía para llegar a una película “real.” En las telenovelas, como dice Carlos Reygadas al defender su Luz Silenciosa, encontramos este mismo tipo de argumentos. Sin embargo, al igual que las cintas “para adultos,” éstas apelan a un público- o mercado- específico y delimitado (por un lado, el masculino, y por el otro, el femenino), con férreas expectativas en ambos casos. Un detalle curioso es la inclusión de Klaus Kinski, cuyo perfil intempestivo y caprichoso en la vida real, encaja perfectamente con el de la mayoría de los estrambóticos personajes que pululan en las obras de Zulawski. Su personaje interpreta a su vez a otro personaje, igualmente colorido y discutido, como lo es Ricardo III. El hecho de que éste leyera en el periódico, después del estreno de la puesta en escena, las implacables críticas a ésta, -que coinciden asombrosamente con aquellas que los más juramentados detractores de Zulawski suelen hacerle-, denota que, desde un principio, nuestro autor estaba consciente de la alta temperatura del material que se había propuesto abordar, tarea en la que, necesariamente, tendría que romper con la tradición –y a riesgo de que, por ello, las reacciones fueran aun mas airadas, que a nadie le da uno gusto-.


Soy el primero en estar en desacuerdo con el concepto del amor que nuestro caballeresco protagonista, -con su chaqueta militar haciendo las veces de armadura-, practica en el cortejo de su chata. Me parece anticuado y potencialmente desastroso para las partes involucradas, -sobre todo si pretende uno comerse el mandado de alguien más, que, como muchos de ustedes saben, se los digo por mi certificable y vasta experiencia en ese tipo de situaciones-. Sin embargo, aplicando la moraleja al segundo plano que nuestra obra sugiere, el del oficio donde uno se desempeña para ganarse la vida y pasa la mayoría del tiempo, creo que más de uno estará de acuerdo conmigo en que, para sacrificarse tanto así, debe uno de tener un sentimiento igual de fuerte que el que embarga a nuestro protagonista. Tomemos en cuenta que nuestra actriz estaba tan hastiada de su trabajo como su pretendiente, lo cuál éste notó desde un primer momento, como si se viera al espejo. El amor debe ser el motor de nuestras vidas porque, en sí mismo un fin, hace que valga la pena soportar cualquier calamidad, que así ni se sienten. Amable auditorio, podría decir cualquier cantidad de cosas más, pero ya para rematar, me conformo con presentarles como regalito de Día de Reyes la que es ahora mi nueva película preferida.



3 comentarios:

hector Ortega dijo...

gracias por mostrarnos el verdadero y bonito cine.
gracias por permitirnos ser parte de su clica.
me gusto mucho la pelicula y lo mejor de todo es haberla podido ver en su cantón con todo y el marlon aun lado de nosotros, estubo chingonsisimo el spaguetti, riquisimo.

Critter Venudo dijo...

Hola Don Melón de la Huerta. veo que eres un erudito del cine. Algo que se agardece.
Muchas gracias por pasarte por La Vida es Serie B.
Te devuelvo los saludos, en este caso desde Madrid, España!!

Don Melón de la Huerta dijo...

Don Critter:

Pues me da mucho gusto recibir tu visita, pero nada de erudito! Es nomás que casi siempre hablo de películas que me apasionan al punto de que no paro de hablar de ellas hasta que me canso. Cuentas desde ahora mismo, al igual que tu amigo el Charles Bronson español, con tu link. Tu sitio merece ser visto, por que es bastante informativo y despierta la inquietud por pensar!

Gracias!